Albert Sabater Pla

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Albert Sabater Pla







Lo pagar‡n hasta nuestros hijos.





El mundo entero ha sido testigo del Òmodus operandiÓ usado por Espa–a para la gesti—n del conflicto en Catalunya.
Los medios internacionales han sido testigos de c—mo se ha mentido para ocultar actuaciones policiales de discutible legitimidad, mentiras que han sido desmontadas incluso por medios tan prestigiosos como la BBC.
Tampoco ha pasado desapercibido como ha utilizado la diplomacia para decantar las ÒopinionesÓ acerca del asunto catal‡n, incluso amenazando a lideres de pa’ses que se han ÒatrevidoÓ a expresar su opini—n libremente a pesar de sus avisos.
El mundo entero ha sido testigo de los mŽtodos de Espa–a para solucionar sus problemas ÒinternosÓ, aunque quiz‡s no sean ya tan internos desde que Europa ha empezado a abrir los ojos poco a poco.
No tardar‡n en descubrir los que nos miran desde fuera, que nos enga–aron con los Òhilillos de plastelina del PrestigeÓ, que lo de que el 11M era ETA tampoco era cierto, que hemos pagado un rescate bancario enga–ados y contra nuestra voluntad y tantas y tantas mentiras que nos hemos tragado durante a–os como ovejitas obedientes.

Muchos pol’ticos han definido esta forma de actuar como heredera del fascismo franquista, parte de un pasado que parece no haber abandonado nunca Espa–a, pues solo permanec’a dormido esperando la ocasi—n de volver a actuar.

Catalunya tiene una oportunidad œnica de abandonar esta forma de actuar autoritaria y arbitraria y debe aprovecharla.  El sistema democr‡tico-jur’dico espa–ol ya no se sostiene. No tiene otra opci—n. Espa–a ha ido cerrando una a una todas las puertas que conduc’an a una negociaci—n pactada, incluso a una posible reconciliaci—n para que Catalunya encontrara su encaje dentro de Espa–a, pero no quisieron. Les pudo el Òa por ellosÓ, las firmas contra el Estatut de 2010, la derogaci—n de tantas y tantas leyes propuestas y aprobadas por el ParlamentÉ Y la humillaci—n. La humillaci—n de mostrar ante todos que hab’an podido tumbar el Estatut, la humillaci—n de tumbar leyes catalanas, la humillaci—n de encarcelar dos inocentes por ideas pol’ticas, la humillaci—n de acusaciones que apuntan a falsas (presuntamente) contra el major de los Mossos d«EsquadraÉ y tantas y tantas otrasÉ

Pero esto no es nuevo para Catalunya.  Ya desde tiempos inmemoriales Espa–a ha intentado someter Catalunya a sus costumbres castizas, Òespa–olizarÓ, como intent— Ignacio Wert en su momento con los ni–os catalanes. 
Espa–a nunca ha soportado las peculiaridades y particularidades de Catalunya. El atrevimiento de una cultura propia, un idioma diferente han sido siempre razones suficientes para mirarla por encima del hombro como si se tratara de una colonia del siglo XVIII.
Espa–a, a lo largo de la historia ha intentado someter a sus costumbres todo aquello que ha tocado, no sin antes arrasar, o por lo menos intentarlo, con las particularidades y peculiaridades de las culturas con las que se ha topado.
Todos tenemos presente lo que ocurri— cuando Crist—bal Col—n se top— con un continente al cual primero despojaron de su riqueza, y luego sometieron bajo su religi—n y dudosa justicia a todo ser viviente. Unos le llaman Òderecho de conquistaÓ otros, mas acertados le llaman exterminio. Exterminio no solamente de seres humanos, tambiŽn de costumbres y cultura para imponer aquellas que con la t’pica chuler’a del macho cabr’o ibŽrico cre’an leg’timas.

Si Catalunya no consigue la independencia, que nadie dude que la ÒhipotecaÓ que vamos a tener que pagar se extender‡ hasta nuestros hijos y quiz‡s a nuestros nietos. Espa–a no perdonar‡ nunca que los catalanes hayan osado levantar la voz, y mucho menos atreverse a irse, y mucho menos  aœn a atreverse a irse a pesar del maltrato f’sico, moral y econ—mico al que se ha visto sometida estos œltimos tiempos.

ÀQuiŽn cojones os creŽis que sois, catalanes?

ÁA callar y a seguir contribuyendo a llenar nuestras arcas, co–o!

La oportunidad es œnica. La pena es que haya quienes deseen continuar viviendo con la cabeza baja y preguntando que es lo que el Òse–oritoÓ le permite hacer y que no.